El Camino que me transformó
lunes, 20 de julio de 2026
Por/ Sacerdote José Ramón Santana.-
Párroco de San Juan Bautista de La Salle
Una peregrinación de 115 kilómetros
hacia Santiago… y hacia el interior de mí mismo
SANTIAGO.-
Hay viajes que nos llevan a conocer nuevos
lugares. Y hay otros que, mientras avanzamos por senderos y montañas, nos
conducen a descubrir territorios mucho más profundos: los del corazón. Así fue
para mí el Camino de Santiago.
Entre el 8 y el 15 de junio de 2026, recorrí los 115
kilómetros que separan Sarria de Santiago de Compostela. Cuando inicié la
marcha, llevaba una mochila sobre los hombros y muchas expectativas en el
corazón. Al llegar a la plaza del Obradoiro comprendí que la mochila pesaba
menos, pero que mi alma estaba llena de experiencias, nombres, silencios,
gratitud y esperanza.
El
Camino comienza mucho antes de dar el primer paso. Empieza cuando uno decide
detener el ritmo acelerado de la vida y aceptar la invitación a caminar con
otro compás. Durante ocho días, el reloj dejó de marcar mis prioridades. Lo
importante ya no era la prisa, sino el siguiente paso; no era llegar cuanto
antes, sino aprender a caminar.
Cada
amanecer tenía un significado especial. Salíamos cuando el sol apenas
despuntaba y el aire fresco parecía anunciar una nueva oportunidad. Los
senderos gallegos, los bosques de eucaliptos, las aldeas de piedra, los
pequeños puentes medievales y el sonido constante de la naturaleza creaban un
ambiente que invitaba al silencio. Un silencio que no era vacío, sino espacio
para escuchar la voz de Dios y también la propia.
Pronto
comprendí que el Camino no se recorre en soledad, aunque uno camine muchas
horas sin hablar. A cada paso aparecían rostros venidos de distintos países,
culturas e idiomas. Nos unía una misma dirección y un mismo símbolo: la concha
del peregrino.
Resultaba sorprendente comprobar cómo personas
completamente desconocidas podían convertirse, en cuestión de horas, en
compañeros de camino. Bastaba un saludo, una sonrisa, compartir una fuente de
agua, ofrecer ayuda en una subida o preguntar simplemente: «¿Cómo va el
Camino?». Esa pregunta, repetida tantas veces, terminaba siendo mucho más
profunda de lo que parecía. No solo interrogaba por los kilómetros recorridos;
también invitaba a mirar cómo estaba el corazón.
Aprendí que el Camino crea una fraternidad espontánea.
Allí desaparecen muchas de las diferencias que suelen separarnos. Nadie
pregunta qué profesión tienes, cuánto dinero posees o cuál es tu posición
social. Todos somos simplemente peregrinos. Todos sentimos el cansancio, todos
buscamos descanso, todos necesitamos ánimo para continuar.
En esa sencillez descubrí una gran lección para la
vida. Caminar nos iguala. Nos recuerda nuestra fragilidad y, al mismo tiempo,
nuestra enorme capacidad para sostenernos unos a otros.
Pero el regalo más grande del Camino fue, sin duda, la
experiencia espiritual.
No hubo acontecimientos extraordinarios ni respuestas
espectaculares. La transformación fue silenciosa, casi imperceptible, como
sucede con la lluvia fina que termina empapando la tierra. Cada jornada de
caminata se convertía en una oración. El ritmo constante de los pasos ayudaba a
ordenar pensamientos, revisar la propia vida, agradecer lo recibido y poner en
manos de Dios las preocupaciones y los proyectos.
Comprendí que peregrinar es una metáfora de toda
existencia humana. Todos caminamos. Todos cargamos una mochila llena de
recuerdos, alegrías, heridas, sueños y esperanzas. Todos encontramos momentos
de entusiasmo y también jornadas difíciles, cuando el cansancio invita a
detenerse. Sin embargo, el Camino enseña que siempre existe una razón para dar
un paso más.
Cada flecha amarilla era una pequeña catequesis. No
hacía falta conocer todo el recorrido; bastaba confiar en la siguiente señal.
Pensé entonces que así actúa también Dios en nuestra vida. Rara vez nos muestra
el mapa completo. Generalmente ilumina solo el siguiente tramo, invitándonos a
avanzar con confianza.
Llegar a Santiago fue mucho más que alcanzar una meta
geográfica.
Recuerdo la emoción al entrar en la Plaza del
Obradoiro y contemplar, por primera vez después de tantos días de marcha, la
majestuosidad de la Catedral de Santiago. Durante unos minutos permanecí en
silencio. No había necesidad de decir nada. El corazón entendía lo que las
palabras apenas podían expresar.
No sentí la satisfacción de quien termina un esfuerzo
deportivo, sino la gratitud de quien reconoce haber recibido un regalo inmenso.
Comprendí que el verdadero destino nunca fue únicamente Santiago. El verdadero
destino era la transformación interior que el Camino había ido realizando paso
a paso.
El peregrino llega distinto de como salió.
Quizá físicamente cansado, pero espiritualmente
renovado.
Quizá con los mismos problemas de antes, pero con una
mirada nueva para afrontarlos.
Quizá sin todas las respuestas, pero con una confianza
más profunda en Dios y en la vida.
Volví convencido de que el Camino de Santiago no
termina en la tumba del apóstol. Allí comienza otro camino: el de regresar a la
vida cotidiana llevando dentro todo lo aprendido. El desafío ya no consiste en
caminar entre bosques gallegos, sino en recorrer los senderos de cada día con
el mismo espíritu de sencillez, apertura, paciencia y fe.
Hoy, cuando recuerdo aquellos 115 kilómetros
recorridos entre Sarria y Santiago, descubro que el mayor logro no fue
completar la distancia, sino permitir que cada paso fuera transformando mi
manera de mirar el mundo y de comprenderme a mí mismo.
Muchos dicen que el Camino cambia a las personas.
Después de haberlo vivido, puedo afirmar que no las cambia por arte de magia.
Lo que hace es crear las condiciones para que uno se encuentre consigo mismo,
con los demás y con Dios. Y ese encuentro, cuando se acoge con sinceridad, deja
una huella que permanece mucho después de haber guardado las botas de
peregrino.
Porque, al final, el Camino de Santiago no se mide en
kilómetros. Se mide en las personas que conoces, en los silencios que te
hablan, en las oraciones que nacen espontáneamente, en las lágrimas de gratitud
al llegar a la Catedral y, sobre todo, en la persona en la que te conviertes
cuando comprendes que el verdadero Camino continúa cada día de la vida. ¡Buen
Camino!
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